En la Ascensión del Señor

En la Ascensión del Señor

Roberto Jiménez Silva
Vice-Hermano Mayor.

Hacía unos cuarenta días que Cristo Redentor había resucitado por sí mismo, resurgiendo triunfalmente del sepulcro, para procurarnos en su gloriosa resurrección una prueba de la nuestra.
En este tiempo, se apareció varias veces y de diferentes maneras a sus discípulos, proporcionándoles sus instrucciones sobre el Reino de Dios y la entidad Eclesial. Aislados los discípulos en Galilea, en un tiempo posterior a la resurrección, recibieron el mandato de regresar a Jerusalén para celebrar la fiesta de Pentecostés que se acercaba. Diez días antes de ese rito, estando comiendo juntos, se les apareció de nuevo Jesucristo; y como debía de ser la última vez, conversó con ellos más prolongadamente sobre la gran tarea que iba a entregarles; dispuso que fuesen a predicar el bautismo y la penitencia, y que reafirmasen su doctrina con milagros; revistiéndoles de la autoridad que Él mismo había admitido de su Padre para realizarlos. E aquí de nuevo cuño, su pastoral sobre la tierra; y la experiencia testimonial de la verdad de su testimonio, que para mayor abundamiento había de ratificar también con su propia sangre.


Los discípulos advirtiendo que el Señor iba a abandonarlos, y habiéndole escuchado hablar de establecer el Reino de Dios, le quisieron sonsacar si iba ya a restablecer el reino de Israel. El pueblo judío en general, tenía formada un idea muy errónea sobre el Mesías, habiéndose creído que sería un conquistador enérgico que liberándolos de la opresión de los romanos, retendría bajo su yugo a todas las naciones; era en este sentido como explicaban las profecías referentes a la gloria y autoridad del Mesías, de ahí que, la Cruz del Salvador fuese motivo de escándalo para ellos, no pudiendo entender que con la muerte infame que había sufrido en ella, hubiese dominado a sus adversarios y rescatado la libertad de su pueblo. Los discípulos aunque instruidos por el Señor, no podían quitarse de la cabeza así como así, esas ideas; y aunque lograran corregirlas con la muerte del Salvador, después que le conocieron resucitado y glorioso, volvieron a ratificarse en sus antiguas creencias, y ya no vacilaron de que estaba muy cerca, el restablecimiento del reino temporal de Jesús. De ahí, la pregunta que le formularon con el deseo de conocer el tiempo exacto en que daría comienzo este reinado. Pero el Señor, conteniendo por un lado su curiosidad, les hizo pensar al mismo tiempo qué clase de reinado había venido a instaurar sobre la tierra.
<<A vosotros -les dice- no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra.>> (Cfr. Hch. 1,7-8)
Echando de esta manera un párrafo y otro, el Señor había llevado a sus discípulos por el camino de Betania, hasta la cima de un cerro, donde perseguía hacerlos testigos de su gloriosa ascensión; y aun es tradición antigua, descrita por Eusebio, -aquél Obispo de Cesaréa a quien se conoce como padre de la Historia de la Iglesia porque sus escritos están entre los primeros relatos de la historia del cristianismo-, nos narra en la vida de Constantino que, antes de elevarse al cielo, les dio la Sagrada Eucaristía en una cueva de aquél monte.
Situado en la cumbre, a la vista y presencia de todos sus discípulos, con asombro y aturdimiento seguramente de todos ellos, Jesucristo por sí mismo, sin asistencia de los ángeles, sino con el propio poder con que había resucitado de entre los muertos, comenzó a elevarse a las alturas, con las manos alzadas hacia los apóstoles en señal de bendición, quienes continuaban observando paralizados hasta que una nube radiante lo ocultó a su vista. Quiere la tradición piadosa, que únicamente se dejaran ver dos ángeles, cuando, no cansándose los apóstoles de contemplar hacia el lugar por donde había desaparecido su divino Maestro, se les mostraran con vestiduras blancas, y les señalaran: “Varones Galileos, ¿por qué os detenéis aquí mirando al cielo? Este Jesús, que separándose de vosotros se ha elevado a los cielos, vendrá como le habéis visto subir”; o sea, aclaramos nosotros, descenderá en su naturaleza humana para ser juez supremo de los vivos y de los muertos.
También conocemos por tradición antigua de la Iglesia, aunque en este caso, apoyada por la autoridad de las Sagradas Escrituras, que Cristo Redentor hizo su gloriosa ascensión a los cielos el día quadragésimo de su resurrección, un jueves, hacia la hora sexta, que en la denominación de las horas por los romanos, marcaba el medio día.
Así mismo, muchos Santos Padres de los primeros siglos de la Iglesia, como también otros que no pertenecen a ella, nos testifican que: “los vestigios de sus pies quedaron grabados en la roca donde los colocó en el momento de dejar la tierra”.
Por su parte, dice San Agustín: “Allí se ven las huellas de sus últimos pasos, y son veneradas en el sitio mismo donde posó sus plantas por última vez, y de donde se elevó a los aires”. Esto mismo, atestiguan San Optato (Obispo de Milevis en Numidia por el siglo IV), San Paulino (Obispo de Nola en Nápoles por el siglo V), o San Sulpicio Severo (363-c. 425, aquél aristócrata de Aquitania); los dos últimos nos señalan que en este lugar: “jamás se ha podido colocar pavimento alguno, aunque muchas veces se haya intentado embaldosarlo con mármol”. Y los autores de este libro: Onomasticon urbium et locorum Sacrae Scripturae seu Liber de locis hebraicis / graecè primùm ab Eusebio Caesariensi, deinde latinè scriptus ab Hieronymo. San Jerónimo añade que: “…en el templo que construyó Santa Elena sobre aquél mismo lugar, quedó descubierta la bóveda por no poder cerrar el pasaje por donde subió el Señor a los cielos”.
Estos hechos se hacen aún más milagrosos, si tenemos en cuenta que en ese monte precisamente, se instalaron las huestes de Tito cuando cercaron Jerusalén, sin que ya entonces sufriesen cambio alguno el perfil de estas sagradas huellas.
Más tarde, en tiempos de la supremacía de los turcos, fue desenterrada la piedra en que estaba la pisada del pie derecho, y ubicada por ellos en una mezquita; pero aún está en el mismo lugar la huella del pie izquierdo, profunda, como de unos tres dedos, milagrosamente plasmada en la roca. Últimas investigaciones, y según la dirección del pie, el Señor debió de tener el rostro mirando hacia el Norte cuando ascendió a los cielos, por lo que, si descendiese del mismo modo y en el mismo sitio a la consumación de los siglos, tendrá delante de sí el valle de Josafat que se extiende a raíz de aquél monte. Y como dice el Señor por boca del profeta Joel: <<Porque he aquí que en aquellos días, en el tiempo aquél, cuando yo cambie la suerte de Judá y Jerusalén, congregaré a todas las naciones y las haré bajar al Valle de Josafat; allí entraré en juicio con ellas, acerca de mi pueblo y mi heredad, Israel>>.

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